martes, 29 de octubre de 2013

N A V E G A N D O

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            Caminaba apresurado por una avenida desconocida. Estaba obscureciendo y tenía un poco de frío por lo que metí las manos en los bolsillos. En mi mente aún persistía, bastante imprecisa sin embargo, la imagen de esa mujer. No sabía quién era ni recordaba haberla visto anteriormente y, en verdad, ni siquiera tenía la certeza de su existencia.
            Crucé la calle, aunque realmente no tenía aspecto alguno de ser una. No estaba pavimentada ni transitaban vehículos por ella. Entré en una vetusta galería comercial al aire libre y con piso de tierra e inmediatamente atrajo mi atención un puesto de libros usados. Mi entusiasmo se despertó ante la perspectiva de buscar y de, quizás, encontrar ejemplares interesantes. Varios canastos de mimbre yacían en el suelo repletos de libros con olor a humedad, subterráneo y tiempo pasado. Extraje una mano del bolsillo izquierdo, cogí uno con delicadeza y lo hojeé con respeto. Era un tratado titulado “Como fabricar hojas perforadas” de autor anónimo del siglo XIX. Tenía cerca de trescientas espesas páginas y estaba abundantemente ilustrado con láminas coloreadas al estilo de Gustave Doré. Sorprendente e interesante ejemplar, pero no era de los que más me atraen.
            De repente alguien exclamó detrás de mi.
            -¡Ese es mi hermano! ¡Le gusta ser florero al pobre hombre!
            Me volví sorprendido y me encontré con un individuo que sonreía. Miré hacia donde  él estaba mirando. No tenía necesidad de gritar a las cuatro esquinas que el tipo que estaba en la caja era su hermano. Eran idénticos, las únicas diferencias eran la silueta y el matiz de sus pilosidades. El hablante era obeso y canoso, su colateral delgado y con barba pelirroja. Se parecía a un latoso animador de la televisión chilena y estaba feliz recibiendo el pago de los clientes que formaban frente a él una larga hilera. Todos los compradores tenían una pila de libros en sus brazos. El personaje estaba en su salsa, contaba chistes fomes y bromeaba con los compradores. Algunos le seguían la corriente, otros lo miraban con asombro y a lo mejor, ofendidos.
            Decidí que ya era hora de largarme de ese sitio. Se habían esfumado mi ansias de remover tanto libro con tanta gente a mi alrededor. Me dirigí hacia un almacén y compré algo que no recuerdo, creo que posiblemente hayan sido cigarrillos o chocolates, porque me encantan ambos. Volví a la solitaria callejuela y seguí mi camino sin pensar en un destino preciso.  Un estrecho pasaje atrajo mi atención. Era uno de esos construidos para los obreros en Santiago a principios del siglo XX. Se notaba que ya habían dejado de resistir al paso de los años y allí ya no vivía ningún trabajador. Sometido a infinitas transformaciones sin gusto, no era ni la sombra de su mejor pasado, además una reja de oxidado hierro clausuraba la entrada.
            Examiné con nostalgia las fachadas de las viviendas tratando de evocar ese pretérito. No eran feas pero tampoco un desborde de belleza. En su tiempo todas fueron iguales, así como las puertas y las ventanas, pero con el correr de los años sufrieron innumerables y desquiciadas modificaciones. Una de ellas habido tomado el aspecto de un cine o tal vez de un pequeño teatro, abandonado por supuesto, con una engrillada taquilla.
            Ya me alejaba, cuando desde el interior de una de esas dormidos hogares, no sé cual, alguien llamó. Me detuve.
            -¿Eres tú María? – preguntó una voz femenina.
            Yo no respondí y reemprendí mi interrumpido rumbo. Oí una puerta que se abría dolorosamente. Una mujer se asomó.
            - María ¿Eres tú? – insistió.
            Yo seguí caminando como si nada oyera. No era a mi a quién llamaban, pero se acercó a mí y empezó a caminar a mi lado. Me dijo algo, pero no le entendí, tampoco le respondí.
            En un paradero abordé un colectivo, una especie de minibús destartalado. La mujer, a mi sorpresa, también lo hizo y se sentó a mi lado. No comprendía porqué actuaba de esa manera, siguiéndome, pero no me importaba. Ella continuaba hablando pero yo seguía sin entender ni una palabra de lo que decía. Miré a mi alrededor y vi a otros pasajeros sentados, silenciosos y resignados. El conductor detuvo el vehículo en un puesto callejero y pidió una coca cola en una envase blanco pero le vendieron una sprite en botella verde. Miró extrañado el envase, hizo un gesto de desdén y se la bebió de un trago.
            De pronto el colectivo llegó al puerto, el que me pareció familiar, tenía la impresión de haberlo visto anteriormente, pero no estaba seguro. Sin embargo, algo tenía que lo convertía en desconocido para mí. El bus avanzó e ingresó al muelle. Se abrió paso por entre inmensas grúas y grupos de estibadores. Por las ventanas entró un aroma marino así como el canto de las gaviotas y los cormoranes que nos envolvió a todos. No muy lejos, en el extremo del malecón, se divisaba un vetusto navío mercante atracado al espigón. Era uno del tipo “Liberty”, de aquellos que se construyeron durante la Segunda Guerra Mundial. Súbitamente, me asaltó una interrogante ¿Qué hago aquí?
            El bus finalmente se detuvo a un costado del carcomido casco del barco. Todos los pasajeros se bajaron, yo los seguí. Abordamos a través de una cimbreante pasarela. Cuando llegamos al puente, inmediatamente la nave zarpó rumbo a otro sueño.

*  *  *
Londres, 15 de Junio de 2010.
           

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